lunes, 9 de diciembre de 2013

Zaragoza, comedia humana

(Sobre Pálido monstruo, de Juan Bolea, editada por Espasa)



Todavía recuerdo cuando, hará un año, hojeé Pálido monstruo en la FNAC de Plaza de España. Abrí el libro por la primera página y una de sus primeras frases llamó mi atención. Decía así: Fidel María Paternoy, el abogado penalista que treinta años atrás había sido alcalde de Zaragoza, vio a Ramiro, el ciego de El Tubo, y se dirigió hacia él para comprarle un cupón (…)

Palido monstruo cuenta la historia de un crimen, el de la abogada Eloisa Ángel, autentica femme fatale que forma un triángulo amoroso con el periodista Luis Murillo y con el también abogado David Sánchez, en el marco de las elecciones locales de 2011. 

¿Qué hacía ahí esa oración subordinada: que (...) había sido alcalde de Zaragoza, en medio de una frase principal que contenía una información más vanal? Ya no volvería a abrir el libro hasta un año más tarde, cuando Félix González, de Los Portadores de Sueños, la puso finalmente en mis manos. Había concluido la presentación de La mala luz, de Carlos Castán –curiosamente, otra novela ambientada en Zaragoza– y cumplí con el ritual de dirigirse al bar Circo a tomar el consabido pincho de tortilla, mientras la bolsa rojinegra de la librería descansaba sobre la barra de zinc reluciente.




Que treinta años atrás había sido alcalde de Zaragoza… Al fin, hace tres madrugadas, volví a leer la frase. Había entresacado el libro de mi estantería, con ganas de leer por primera vez a Juan Bolea, y comprobé que la susodicha subordinada formaba parte de un procedimiento narrativo que había de repetirse a lo largo de la obra.  Porque, si bien Pálido monstruo es una novela negra, el autor se encarga de entreverar detalles sobre lugares, sobre personajes secundarios o sobre hechos en apariencia nimios que contribuyen a retratar la ciudad. Suelen aparecer a modo de breve frases, o de escuetos párrafos que se acumulan hasta abonar la tesis de que existe un novela dentro de la novela, o –como diría Bolea–, un segundo nivel de lectura en el cual, Zaragoza, la propia urbe, sería la verdadera protagonista coral del relato. 

Según esta tesis los personajes y lugares serían como las teselas de un mosaico que representaría a la ciudad. ¿Y qué clase de dibujo forman esas teselas? No otro que el de la ambición. Los protagonistas de Bolea son eminentemente balzaquianos. Partiendo del alcalde Paternoy –un trasunto, muy libre, de Ramón Sáinz de Varanda–, y continuando con el periodista Luis Murillo o con los abogados Eloisa Ángel y David Sánchez. Todos ellos buscan el éxito, el renombre local. Y a cada embate de ambición, todo parece enturbiarse a pesar del brillo aparente, como los cielos nublados de la portada.

Aunque el escritor zaragozano no descuide en ningún momento el argumento criminal, resulta evidente ese gusto por recrearse en los personajes y en la ciudad más allá de la trama detectivesca. Prueba de ello es la aparición del asesinato en la página 140. Lo habitual en una novela negra al uso hubiera sido que sucediera en el primer tercio, antes de la página 70, y sin embargo Bolea se demora a propósito por el gusto de mostrarnos esas estampas de la vida zaragozana.

Pálido monstruo me ha parecido, en efecto, una novela de costumbres, que se asienta en esa descripción de tipos y de lugares, pero también en la política-ficción y el periodismo. Bolea no duda en citar expresamente al PSOE y al PP, o en hablar de El Periódico y de “El Comercial” –en alusión jocosa a Heraldo de Aragón–. Destaca, en este sentido, el personaje de Nipho, el murmurador, un Larra actual que va tomando el pulso a la realidad, como si se tratara del eco de la opinión pública. Para Nipho, al igual que para el ciudadano medio, la política no es más que un juego, una especie de duelo futbolístico para contemplar desde la grada.

Me ha parecido un acierto fusionar la narración tradicional, en primera o en tercera persona, con el artículo periodístico, el atestado policial o el informe forense. Esta mezcolanza de géneros ya la practicaba Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta y aquí contribuye a enriquecer, a dar variedad a un género tan abundado como la novela negra.

Recapitulando: Pálido monstruo es una novela policiaca, sí, pero sobre todo es una novela de costumbres, hija de la crisis económica y política que nos asola. A muchos sorprenderá su intempestivo final, habrá quien lo juzgue inverosímil. A mí, en cambio, me ha parecido brillante, porque más que la verosimilitud argumental, me da la impresión de que el autor busca una moraleja a la fábula que ha puesto en marcha. Así lo pienso mientras vuelvo a meter la novela en el hueco que dejé tres noches antes, entre Pálido fuego, de Nabokov y Paradiso, de Lezama Lima. Y en el silencio de la madrugada me da la impresión de oír la voz de Juan Bolea susurrarme al oído: Ten cuidado, amigo, porque en toda esta comedia humana, la realidad anida bajo las apariencias...  





jueves, 10 de octubre de 2013

La novelista intérprete / The actress novelist

(Sobre Del color de la leche, de Nell Leyshon, presentada por Miguel Serrano en la librería Cálamo el 26 de septiembre de 2013. Con la presencia de Raquel Vicedo, editora de Sexto Piso) 


La voz de Nell Leyshon resuena entre los estantes de la librería Cálamo: 

este es mi libro y lo estoy escribiendo con mi propia mano. 
en este año del señor de mil ochocientos treinta y uno he llegado a la edad de quince años y estoy sentada al lado de la ventana y los pájaros llenan el cielo con sus gritos. veo los árboles y veo las hojas. 
y cada hoja tiene venas que la recorren.
y la corteza de cada árbol tiene grietas.
no soy muy alta y mi pelo es del color de la leche (…)

Quien habla es Mary, una adolescente coja y albina que vive en la Inglaterra victoriana, en esa misma Inglaterra de las novelas de Jane Austen o de las hermanas Brontë. Mary narra su propia historia y la voz de Nell Leyshon semeja un eco que nos transporta a otra época. Me pregunto cómo sonará la voz de Mary en castellano, -afirma la autora-. No en vano, Leyshon es una mujer del teatro, ha escrito dramas galardonados con diversos premios en el Reino Unido, y sus obras han sido representadas en el Shakespeare Globe Theatre.  

El padre de Mary maldice a sus cuatro hijas por no haber engendrado un varón que lo ayude en las tareas del campo, mientras las cuatro chicas desempeñan los más arduos trabajos: sacar pedruscos de la tierra, cuidar del ganado, hacer las tareas domésticas… No se permiten ni un respiro en sus quehaceres diarios y viven en el presente porque, como explica Leyshon, los analfabetos, al no leer, no suelen evocar el pasado ni sondear el futuro, sino que se aferran a lo inmediato, a lo puramente narrativo sin apenas describir lo que les rodea.


Un buen día la vida de Mary da un giro inesperado, es enviada a servir en la mansión del vicario, cuya esposa enferma necesita compañía. Saldrá de la casa paterna y se adentrará en un universo desconocido en el cual aprenderá a leer. Miguel Serrano apunta que las frases de Mary se parecen a versículos, por su laconismo y brevedad. De hecho, el libro con el cual el vicario le enseñará a leer no es otro que la Biblia. 

Aparte de ese indudable carácter versicular, en las frases de la narradora abundan los versos auxiliares; las estructuras simples de sujeto, verbo y predicado; así como una ortografía peculiar en la cual no se utilizan las mayúsculas y se sustituyen numerosas comas por puntos y seguido. Estos recursos lingüísticos contribuyen a caracterizar la escritura y el habla de alguien que ha conocido el lenguaje de un modo pobre y tardío. Leyshon nos cuenta que para preparar la novela leyó poemas escritos por esclavos afroamericanos de finales del XIX, que aprendían a leer de forma tardía y que, sin embargo, poseían una de gran belleza lírica.

Y llegado a este punto, después de acumular detalles acerca de la novela y de su protagonista, me permito concluir que la novelista y dramaturga Nell Leyshon ha “actuado” a su personaje, ha creado un retrato tan vívido que casi parece que podamos tocar a Mary, oír su voz como si se tratara de un eco del pasado reverberando entre los estantes de la librería Cálamo.

Tengo el mismo defecto que Mary –afirma Nell Leyshon–, siempre digo lo que pienso… Sirva esta frase como introducción a una novela femenina y feminista. Una magnífica lectura para el otoño que comienza. Y nada más me queda por añadir, tan sólo agradecer a mi compañero de presentaciones, Félix Santander, las fotografías de esta crónica.




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(About Nell Leyshon The color of the milk, introduced by Miguel Serrano at Cálamo bookshop, Zaragoza, Spain, the 26th september 2013. With the presence of Raquel Vicedo, spanish editor of Sexto Piso)


Nell Leyshon´s voice sounds among the shelves of Cálamo bookshop:

this is my book and I am writing it with my own hand. 
in this year of lord of eighting thirty one I have reach the age of fifteen years and I am sitting beside the window anf the birds fil the sky with their shouts. I see the trees and I see the leaves. 
and each leaf has veins going over.
and the bark of each tree has cracks.
I am not very tall and my hair is of milk´s color (…)

Who talks is Mary, a lame albino teenager who lives in the victorian England, that same England of Jane Austen or Brontë sisters novels. Mary tells her own story and Nell Leyshon´s voice seems an echo that takes us to another age. I wander how Mary´s voice sounds in spanish -says the author-. Not for nothing, Leyshon is a theatre woman, she has written plays awarded with several prizes in the United Kingdom, and her dramatic pieces has been represented at the Shakespeare Globe Theatre.

Mary´s father courses her four daughters because he hasn´t give birth to a boy, so as to help him with the land, while the four girls carry out the harshest jobs: taking out stones from the land, looking after the cattle, making domestic works… They don´t have a moment of rest and live the present, because as Leyshon explains, the illiterates, cause they can not read, don´t think about past or future, but cling to the present, to tell want happens, without descriptions of what surrounds them.

A day like others, Mary´s life changes dramaticly, she is sent to serve at the vicar´s mansion, her wife is ill an needs company. So Mary will leave her parents and enter an unknown universe in which she will learn how to read and write. Miguel Serrano points out that Mary´s sentences seem yo be verses, for its laconic style and brevity. As a matter of fact, the book with which the vicar shows her how to is the Bible.



Apart of this evident verses similarity, in the narrator phrases abound the common verbs; the simple structures of subject, verb and predicate; so as a peculiar ortography in which capital letters are not used, and many commas are changed for full stops. These linguistic means contribute to define the writing and speaking  of someone who has known the language in a poor and late way. Leyshon tell us that to prepare the novel she read poems written by african american slaves from the end of XIX century. They also learnt how to read in a late way, however the poems had a strange lyric beauty.

At this point, after gathering details concerning to the novel and her protagonist, I daresay that the novelist and playwright Nell Leyshon has “acted” her character, she has created a so vivid portrait of Mary that it seems we can touch her, listen to her voice as if she was an echo reverberating among the shelves of Cálamo bookshop.

I have the same defect as Mary –states Nell Leyshon–, I always say what I think… Let´s make use of this statement to introduce this feminine and feminist novel. An excellent read for the starting autumm. And nothing more I have to say, just thank my companion of presentations, Félix Santander, for the pictures of this report.

jueves, 5 de septiembre de 2013

La mujer como juguete roto

(Sobre Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz, presentada en la librería Cálamo por el escritor Luisgé Martín el 19 de septiembre de 2013)


Daniela Astor y la caja negra encierra, en realidad, dos novelas. La primera se desarrolla en plena Transición y narra la adolescencia de Catalina y Angélica, dos amigas que fantasean ser Daniela Astor y Gloria Adriano, mujeres ricas, sensuales y sofisticadas, adoradas por los hombres, a imagen de las divas del destape. Esta primera novela, que bien podría titularse "Daniela Astor" a secas, es intimista y está escrita en tono conversacional, con un lenguaje sencillo y emotivo que combina la comedia y el drama.

La segunda novela adquiere la apariencia de guión para un documental, escrito por la propia Catalina ya adulta, y titulado “La caja negra”. En él se da cuenta, a modo de capítulos, de la vida de diversas estrellas del destape: las primas Estrada, María José Cantudo, Bárbara Rey… Así como de diversas películas, e incluso géneros cinematográficos: No desearas al vecino del quinto, La muchacha de las bragas de oro… “La caja negra” también está escrita en un lenguaje sencillo y directo, pero la emotividad de "Daniela Astor" se convierte en causticidad, y la comedia ya no combina con el drama, sino con el terror moral derivado de la decadencia que sufrieron todas aquellas mujeres, algunas muertas en trágicas circunstancias (Amparo Muñoz, Sandra Mozarowsky…) Parece evidente que el sentido del título, "La caja negra" alude al descubrimiento de la verdad, de lo que realmente sucedió.

No cabe duda que abordar hoy en día el tema del destape corría el riesgo de resultar anacrónico. De ahí la audacia y el acierto literario de Marta Sanz, que ha sabido dotar de actualidad a toda esa cultura ya caduca de los años 70, mediante el análisis de su contenido esencial, que no es otro que una crítica al machismo subyacente. En efecto, todas aquellas mujeres: la Cantudo, la Rey, las Estrada que antaño fueron admiradas, hoy pululan por programas televisivos como Sálvame exhibiendo sus arrugas, o bien han sido olvidadas por completo.

Es en este punto, en el del sentido profundo del relato, es donde la novela "La caja negra" entronca y muestra su coherencia con la novela de "Daniela Astor", donde las dos amigas dejarán progresivamente de ser Daniela Astor y Gloria Adriano para convertirse en quienes son en realidad: Catalina Hernández y Angélica Bagur. Y esta transformación se produce porque su propia vida las hace descender al mundo real. Pero en concreto será el aborto (no desvelo de quién), el detonante de ese descenso a una realidad bastarda, que preconizaba en lo público la libertad sexual y la emancipación de la mujer para más tarde criminalizarla.

El mensaje que transmiten “Daniela Astor” y “La caja negra” es en este sentido paralelo: el de la mujer como un juguete roto, un bonito juguete manoseado por todos que acaba repleto de rayas y abolladuras.

Ya perdonará el lector de este artículo mis excesos metafóricos, pero es que, como ocurre a menudo con las grandes obras literarias, resulta mucho más difícil explicarlas que leerlas. A la vista de las críticas, no creo ser original al afirmar que ésta es una gran novela, que merece ser leída. En mi opinión la calidad literaria de Marta Sanz está a la altura de su colega de Anagrama, Rafael Chirbes: ambos enfrentan de lleno la cultura española, sin el temor de tantos escritores a ser considerados “costumbristas”.



lunes, 15 de julio de 2013

Niveles de lectura

(Sobre Mundo salvaje, de Virginia Aguilera, presentada por Juan Bolea en el teatro Principal el 2 de julio. Acto organizado por la librería Los Portadores de Sueños)



Inicia Juan Bolea su disertación sobre Mundo salvaje con una reflexión literaria de calado. Existen, en su opinión, dos tipos de novelistas: quienes buscan una voz propia, un estilo; y aquellos que priman el argumento y la caracterización de los personajes. Los primeros persiguen la estética del lenguaje, la expresión de un universo personal; los segundos, en cambio, se centran en contar historias y en crear caracteres creíbles  Entre los estilistas cita a Cela y a Umbral; entre los narradores se decanta por Galdós y Delibes: Fortunata y Jacinta… Las ratas… -afirma Bolea.

Y la distinción no puede parecerme más certera. A menudo, el estilo y la narración se parecen a los dos señores del Evangelio: no se puede servir fielmente a uno sin descuidar a la otra. Pongo como ejemplo al citado Camilo José Cela: sus obras más narrativas son las más neutras desde el punto de vista estilístico: La familia de Pascual Duarte, La colmena... En cambio, en sus obras más estilísticas, la narración y los personajes tienden a desaparecer: San Camilo, 1936; Mazurca para dos muertos… 

Dicho lo cual, Juan Bolea no duda en clasificar a Virginia Aguilera entre las narradoras. Virginia es una joven autora zaragozana que ha publicado hasta la fecha dos novelas. Con la primera, Helena Kin, ganó el premio Casino de Mieres 2011. Por la actual, Mundo salvaje, le ha sido concedido en Mérida el XV premio de novela Juan Pablo Forner.

Uno de los primeros aciertos narrativos de Mundo salvaje consiste en hurtar información al lector: nos encontramos en un desconocido país tropical. El narrador es un innominado hombre maduro, ligado sentimentalmente a una mujer joven. Ambos son dirigentes de un partido político cuya ideología desconocemos, en un país regido por un sistema político que ignoramos. Los dos se embarcan en un viaje de precampaña a las provincias más deprimidas del país, pobladas por espesas selvas.

En el curso del viaje la pareja sufre un accidente que lo deja a él impedido. Y es entonces cuando aparece el tercer personaje. Se trata de un enigmático habitante de la jungla, que inicialmente los ayuda, pero que al cabo se convertirá en su carcelero, al adentrarlos en la selva y suministrarles víveres sin facilitarles, sin embargo, el camino de regreso a la civilización. El extraño personaje, mezcla de Tarzán y del coronel Kurtz de El corazón de las tinieblas, es apodado por la pareja “La Bestia”. 

Con todas estas carencias de información, la autora logra crear desde el inicio una atmósfera de misterio que universaliza a los personajes y facilita la identificación del lector con ciertas actitudes, identificación que resulta muy cara al desarrollo narrativo posterior, donde deberemos acompañar a los protagonistas a través de penurias. No en vano, la de Aguilera es ante todo una novela de aventuras.

Sin embargo, la obra contiene diversos niveles de lectura. Uno puede quedarse con la novela de aventuras y se divertirá, sin duda –afirma Juan Bolea–, pero Mundo salvaje es además una sátira sobre el mundo de la política, y también una novela filosófica acerca de la civilización.

Sobre este punto reflexiona la autora. En efecto, su intención era contraponer la sociedad humana al mundo de la naturaleza. El hombre se empeña se afirmar la superioridad de la civilización sobre el mundo salvaje, pero ella se pregunta: ¿qué tipo de salvajismo es peor, el de la sociedad civilizada o el de la naturaleza? ¿No será, en realidad, la civilización un mero estadio evolutivo de la naturaleza?

Desde luego, cuando uno piensa en los crímenes e inmoralidades sin cuento que se comenten en nuestro mundo civilizado, no puede por menos que congraciarse con tales argumentos. No obstante, no ha sido este el nivel de lectura que más me impactado al leer la novela, sino otro, no citado por Virginia Aguilera ni por su presentador, y que expongo a continuación…

Mundo salvaje  me ha parecido una novela sobre las relaciones de pareja. El narrador e Ivi (que así se llama la protagonista), se conocen en la capital y se enamoran. A continuación emprenden su viaje de precampaña por regiones más exóticas del país, que se asemeja a un viaje de novios; para concluir en la selva, que simboliza la vida en común, con todas sus alegrías y sinsabores. “La Bestia” formaría parte de esa jungla conyugal: él premia y castiga a la pareja, al igual que la vida nos premia y castiga a diario.

En mi opinión Virginia Aguilera es una gran narradora, y Mundo salvaje merecería publicarse en Anagrama, en Seix Barral, en Tusquets , en Mondadori…  

martes, 2 de julio de 2013

Vivir para novelar

(Sobre Encuentro en Berlín, de Pepe Ribas, presentado por la periodista Concha Monserrat en la librería Calamo el 18 de junio) 



Pepe Ribas es un tipo elegante. En la presentación viste camisa a rayas turquesas y pantalón marengo. Los zapatos, en cambio, son marrones, voluminosos y de ancha suela de goma. Tal vez con ellos haya recorrido el autor los escenarios de Encuentro en Berlín: Alemania, Ucrania, Polonia, Austria, Chile...

Una de las primeras ideas que nos transmite el autor es que, ante el dilema entre vida y literatura, él optó por vivir para, a continuación, escribir sobre lo vivido. Y este parece ser, en efecto, el procedimiento seguido en la redacción de su última novela, porque si algo denota el texto es que la documentación que le sirve de soporte es mucho más vital que libresca. 

A pesar de las múltiples tramas, podría decirse que Encuentro en Berlín gira en torno a una aventura amorosa, la que mantienen en la capital alemana un joven chileno: Ernesto Usabiaga, y un maduro ucraniano: Maksim Kazantev. Ambos personajes son paralelos en muchos aspectos. Los dos pertenecen a la clase acomodada de sus países; los dos se sienten hastiados de sus profesiones y, por último, los dos descienden de padres y abuelos represaliados por regímenes totalitarios: el nazismo, el estalinismo, el pinochetismo….

Ya no creo que la política o el periodismo puedan cambiar nada, aprovecho la distancia que me da estar en Europa para pensar qué voy a hacer con mi vida –afirma Ernesto. Él joven editaba una revista crítica en defensa del medio ambiente: Manjares, que ha sido boicoteada por los poderes fácticos chilenos: las industrias del cobre y del vino. 

Te voy a hacer un regalo. La jauría, de Emile Zola (…) explica la vida de un especulador insaciable (…) –le responde Maxim. El ucraniano es también un especulador. Gracias a su familia y a la de su mujer, pertenece a la nueva oligarquía nacida tras la caída de la Unión Soviética: ese grupo de privilegiados que, a la sombra de los jerarcas militares y políticos, controla los grandes negocios estatales. En el caso de Maxim se trata principalmente del gas natural.

Para proporcionarle un medio de vida, el ucraniano introducirá al chileno en una compleja red de espionaje cuya finalidad es la construcción de gasoductos en el este de Europa. 

Le pregunto a Pepe Ribas si para crear el argumento se sirvió de las novelas de espías, al estilo de las de John Le Carré o Graham Greene: aquellas que nos habla de los tejemanejes de los poderosos al margen de la sociedad civil y democrática. El autor vacila unos segundos, y finalmente afirma que quizá… que tal vez la literatura de espías le haya servido para hablar sobre el poder…

Y, en efecto, una vez leída la novela, da la impresión de que el poder sea el tema nuclear de la obra. Es su ejercicio, en definitiva, quien acaba con la revista de Ernesto, quien manipula a Maxim y quien destroza las vidas de los padres y abuelos de ambos a manos de los regímenes totalitarios antes citados. Se trata de un poder invisible a la ciudadanía, que rodea, seduce y destruye a los personajes y nos remite a la idea del mal.

Encuentro en Berlín es una novela surge por acumulación. El autor nos explica cómo, durante los cuatro años que duró su redacción, fue aglutinando tramas, personajes y escenarios hasta deparar su compleja estructura. Tres fueron, según él, los leit motivs que lo inspiraron. Pepe Ribas quería, en primer lugar, escribir sobre los cosacos, que lo fascinaban desde que su padre lo llevo de niño a presenciar un espectáculo de danza. El autor también tuvo presente la literatura rusa, en particular la obra Tolstoi, que ha leído en su integridad. Y, por último, también quiso poner de relieve la cultura centroeuropea, la cual, a su juicio, se encuentra desplazada por la anglosajona.

Esta última afirmación no puede parecerme más cierta. ¿Por qué cuando miro mi biblioteca descubro sobre todo literatura hispánica y anglosajona, mientras la francesa, la alemana o la rusa tienen una presencia modesta? ¿Por qué al preguntar al autor sobre las novelas de espionaje, no he hecho sino citar a los británicos Greene y Le Carré? ¿Por qué la mayoría de reseñas de autores extranjeros en los suplementos literarios se refiere a autores anglosajones? ¿A qué se deberá, en definitiva, la preeminencia de lo anglosajón? 

Encuentro en Berlín me ha parecido una magnífica novela y me ha recordado a otra que comenté en este blog: Yo confieso, de Jaume Cabré. Ambas compartes esa presencia constante del mal como eje del relato, y el carácter acumulativo de tramas y personajes a lo largo de diversos lugares y épocas. Comparten también Cabré y Ribas el haber escrito sendas novelas de ideas, que tienen el acierto de centrarse en lo novelesco, sin recaer en la exposición de teorías filosóficas.

Son las siete de la mañana, y mientras corrijo estas líneas me dirijo a mi biblioteca para seleccionar otra novela. Escojo Los cosacos de Tolstoi, en la edición publicada por Atalanta en 2009, y mientras leo la solapa imagino a Pepe Ribas con la camisa a rayas turquesas y los zapatos marrones. De su hombro cuelga una escueta bolsa de viaje. Se encuentra en la sala de espera de algún aeropuerto, dispuesto a vivir para después novelar.



lunes, 10 de junio de 2013

Una novela de Use Lahoz

(Sobre El año en que me enamoré de todas, de Use Lahoz, presentada por Juan Bolea y Ricardo Lladosa en la Feria del Libro de Zaragoza el 6 de junio)



La primera noticia que tuve acerca de Use Lahoz fue la crítica de Ricardo Senabre a Los Baldrich, publicada en enero de 2009. Andaba buscando novelas recientes sobre sagas familiares y, según Senabre, la de Lahoz abarcaba tres cuartos de siglo de una familia de la burguesía catalana. Utilizaba como modelo La ceniza fue árbol, de Ignacio Agustí –cuya Mariona Rebull acababa de leer–, pero introduciendo novedades en cuanto al planteamiento.

Recuerdo que leí la novela aquel verano de 2009, en la terraza de un apartamento de Calafell, y fue para mí un hallazgo. En efecto, me pareció que Use Lahoz revitalizaba ese subgénero decimonónico: las novelas de sagas familiares, y así se lo hice saber en una carta dirigida a la editorial Alfaguara.

Debo confesarlo, pensé que mi misiva sería como un mensaje lanzado al mar en una botella… pero para mi sorpresa, al mes de enviarla recibí un mail de Use en el cual, tras agradecer mis parabienes, escribía: Me alegra saber que vives en Zaragoza, tengo familia allí y grandes amigos. En abril tendré que ir, pues la editorial Prames publica mi nuevo poemario. Así que si te parece bien, cuando vaya te aviso.

La visita de Use a Zaragoza tuvo lugar finalmente el 1 de junio de 2010 (según mi bandeja de entrada). Busqué un sitio próximo a la FNAC -lugar de la presentación-, que tuviera algo que ver con el ambiente de Los Baldrich, y no encontré otro mejor que el Gran Café Zaragoza, ubicado en la calle Alfonso I, en la antigua joyería Aladrén: un local modernista que evocaba el ambiente burgués de la novela.

Aquella tarde hacía calor, recuerdo, y conforme me aproximaba al lugar reconocí al escritor. Sentado a una mesa de la terraza repasaba un cuaderno Moleskine con las notas de lo que debía decir. Al poco de saludarnos me aclaró lo de su familia zaragozana. Él era barcelonés, pero su madre había nacido en un pueblecito de los Monegros llamado La Almolda.

No puede ser... -exclamé-. Mi abuelo había ejercido la medicina en ese pueblo durante más de veinte años, de 1950 a 1970, más o menos. Igual de sorprendido, Use cogió el móvil y llamó de inmediato a su madre. ¡Sí, claro, ella se acordaba perfectamente del médico, de don David! Qué fuerte, qué coincidencia –repetía Use–. Yo evoqué los años cincuenta e imaginé  a mi abuelo mucho de joven, introduciendo una cucharilla de postre en la boca de una niña para comprobar si tenía anginas. La niña era la madre de Use…

A continuación hablamos de nuestras vidas, él me contó que recorría el mundo escribiendo crónicas de viajes para El País, residiendo en los más diversos lugares. Mi vida, en cambio, no podía ser más local: trabajo en Zaragoza, estoy casado, hipotecado y con dos hijos pequeños. Envidié su vida viajera llena de experiencias. Él, en cambio, envidió mi estabilidad. Está pensando, quizá, en comprar un piso, en estabilizarse -me confesó.

Mi siguiente encuentro con el autor fue en febrero de 2011, con motivo de la presentación de su siguiente novela, La estación perdida, a cargo de Manuel Vilas. En esta nueva obra, Use volvía a abordar su tan querido tema de las sagas familiares, pero no desde la perspectiva de la burguesía sino más bien desde la de la clase trabajadora. Se describía profusamente Zaragoza como “la capital”.

Y el asunto de las sagas familiares termina por colarse de nuevo en El año en que me enamoré de todas, la nueva novela de Use que presento junto con Juan Bolea en la Feria del Libro de Zaragoza. En efecto, aunque los temas fundamentales de El año en que me enamoré de todas sean la juventud y la amistad, su autor inserta una novela dentro de la novela titulada Abierto por amor, que es en realidad un manuscrito encontrado por el protagonista, Sylvain Saury, en el ascensor de su casa, y que relata la vida de tres generaciones de una familia de pasteleros: los Fournier… 

Estamos en 2005, Sylvain acaba de llegar a Madrid enviado por un periódico francés para escribir crónicas sobre la vida en la capital. Ha vivido antes en Montevideo, en Roma, en Hamburgo… y llega a Madrid con la esperanza de recuperar, quizá, el amor de Heike, una antigua novia alemana de la cual se enamoró en Florencia y que ahora trabaja como arquitecta. Pero la vida madrileña de Sylvain se llena pronto con un montón de viejos y nuevos amigos: Jacobo, Iria, Néstor, Belén… Madrid es una fiesta para Sylvain, quien escribe sus crónicas “como puede”, desde el café Pepe Botella en la plaza del Dos de Mayo.



Mientras atravesaba las páginas de la novela no podía sentirme más identificado con su protagonista… Me fui de Erasmus a Holanda, al igual que Sylvain se fue a Italia o Use a Portugal. Y al igual que Sylvain y Use trabajaron en Madrid, yo empecé allí mi andadura profesional, y cuando salía del trabajo, al igual que ellos, quedaba con los amigos en el café Barbieri de Lavapies, o en la plaza de Santa Ana, o en el café de Ruiz. Organizaba fiestas en mi piso compartido a las que asistían Rafa, Ana, Pablo, Virginia, Félix…, las cuales acabaron, en alguna ocasión, con la presencia de la policía local.

Hacia la mitad de esta novela intensa que es El año en que me enamoré de todas, Sylvain conversa con uno de sus vecinos, el empresario pastelero Metodio Fournier, de quien admira su estabilidad: él tiene domicilio fijo en Madrid, está casado, tiene una hija… Sylvain, en cambio, siente no tener nada más allá de sus amigos y sus experiencias viajeras. A Metodio le sucede lo contrario: él, aunque esté contento con su trabajo de pastelero, echa de menos una vida aventurera como la de Sylvain. 

En la presentación Juan Bolea advierte que Use ha encontrado ese punto que hace su novelística distinta, ese estilo propio que debe tener todo buen narrador… Y yo coincido con el escritor y periodista aragonés: en efecto, la narrativa que practica hoy Use resulta singular: una narrativa cuasi decimonónica y dickensiana.

Lahoz es torrencial y digresivo, su principal preocupación no es el “gran estilo” ni la “bella frase” sino, más bien, contar historias cargadas de emotividad. Sus novelas abundan en personajes y tramas que se entrecruzan entre sí y recorren distintas épocas vitales. En una sola página puede haber un salto temporal de treinta años para, al cabo de varias páginas, volver al tiempo presente. Utiliza para ello, de forma deliberada, un tono conversacional, que no escatima palabras para dar la impresión de narrar “como se habla”.

En mi opinión, El año en que me enamoré de todas es su mejor novela del autor, la más sintética. En tan sólo trescientas páginas da la impresión de haber hecho un largo viaje, de haber surcado un montón de vidas, con esos caprichos argumentales del novelista que nos llevan de la vida de Sylvain a la de su madre, y de la de ésta a, ¡pongamos por caso!, una amiga suya que hizo un viaje turístico a Méjico y cayó desde lo alto de una pirámide sin perecer en el intento… ¡En fin!, sirva esta boutade como ejemplo de mi argumentación.

La crítica no ha dispensado a esta novela la atención que sin duda merece. Tal vez se deba a que se aleja deliberadamente de la literatura “intelectual”. Si este fuera el caso, debo decir que Lahoz se aleja igualmente de los convencionalismos propios del best-seller. Lo que pretende el autor es ser, como lo fueron Balzac y Dickens, un escritor popular, que pueda ser leído por todos.

Al terminar el acto, en agradecimiento a mi labor presentadora, Juan y Use me invitan a cenar. Compartimos mantel con José Ovejero, Fernando Aramburu, Manuel Vilas, los hermanos José Luis y Ramón Acín. Contamos también con la sabiduría de Rosa Regás, quien nos deleita hablando se Llofriú y de Josep Plá, entre otras charlas literarias.

Y a estas alturas de esta torrencial, de esta larga crónica en la cual he recorrido tantas emociones, tantas épocas, no sé si el lector habrá advertido que mi pretensión no era otra que hacer que la crónica se pareciera a una novela de Use Lahoz.

viernes, 7 de junio de 2013

Don Quijote en la era de Google

(Sobre Restos humanos, de Jordi Soler, presentada por Ricardo Lladosa en la Feria del Libro de Zaragoza el 4 de junio)



Debo agradecer a Eva Cosculluela, de la librería Los Portadores de Sueños, el haberme descubierto a Jordi Soler. Restos humanos es una de las mejores novelas satíricas que he leído en años. No sólo por sus desternillantes páginas, también por su calidad literaria.

Al comienzo de la presentación pregunté al autor cuál había sido la primera idea que lo llevó a escribir la novela. Él no vaciló en responder algo que había imaginado… Se encontraba en El Corte Inglés y, de pronto, amanecía por allí un individuo con barba y largos cabellos, ataviado con túnica blanca y sandalias. Alzaba las manos y comenzaba a predicar una serie de ideas acerca del amor, la bondad, la honestidad, la rectitud… De inmediato era reducido y puesto de patitas en la calle por la seguridad del establecimiento.

Restos humanos es una novela acerca de la imposibilidad de hacer el bien en la era de Google, afirma Soler. Y ese parece ser el problema que padece el Santo, protagonista de la sátira. El Santo es una especie de Jesucristo Superstar, un predicador idéntico al imaginado por Soler que recorre mercadillos y prostíbulos de una innominada ciudad hispánica; predicando el bien y recibiendo a cambio chanzas e insultos, con la excepción de de unos pocos adeptos, como los pescaderos Jesús Andrés y Mayola, quienes le obsequian cada día con medio kilo de  calamares. El Santo trata de convencer a las prostitutas de que se dediquen a otros trabajos, pero ellas le contestan que así se ganan bien la vida, si trabajaran como dependientas cobrarían menos. También trata de mentalizar a los tenderos de que no vendan caros los alimentos: la gente humilde debe alimentarse, afirma, ante la adusta mirada de los tenderos.

El Santo vuelve al apartamento que ocupa –cuyo alquiler costea su hermano, jefe de gabinete del alcalde– y cocina los calamares con el fin de preparar el cuerpo para la predicación. El espíritu lo atemperará con la ayuda de una biblioteca compuesta por libros de yoga, de tarot, de ovnis… Tras leerlos se pone frente al espejo y gesticula con las manos. Está ensayando las prédicas que más tarde expondrá a sus discípulas: Alicia (lechera del mercadillo), y Ricardita (una mujer de 69 años cuyo marido salió hace años a comprar tabaco y nunca volvió).

Un buen día aparece en el templo del Santo un nuevo discípulo, se trata del camionero tuerto Childeberto, quien pide al Santo una obra de caridad: debe guardarle en su congelador un tupperware que contiene un ojo congelado. Deben transplantárselo a él, cuando llegue el momento. El Santo acepta compasivo, pero Childeberto amanece unos días más tarde con un riñón congelado destinado a un amigo suyo. Y así sucesivamente irá atestando el congelador con más y más tupperwares hasta presentarse, un buen día, con otro que contiene un pie femenino.

El Santo sera extravagante, pero cuerdo, y pronto entiende que su amado discípulo está complicado en el tráfico de órganos. Mas, como cuenta el narrador, piensa que sería un fracaso moral denunciarlo. Él predica el bien, y debe hacerle caer en la cuenta de sus errores. Confía en que el mal puede siempre vencerse a fuerza de bien. Pero pronto el mal lo ira cortejando, lo ira envolviendo… a través de su hermano, de Mayola y Jesús Andrés, del alcalde… Y hará su aparición la mafia rusa, la prostitución, los sicarios mejicanos.

Algunos comentaristas al reseñar la novela la han comparado con el esperpento de Valle Inclán. Yo no coincido con estas críticas. En mi opinión, al margen de épocas, escuelas o movimientos, los novelistas satíricos pueden clasificarse en dos grupos. Están, en primer lugar, aquellos que describen a los personajes burlescos desde fuera, autores que tienden a deshumanizar a sus criaturas convirtiéndolas en estampas de indudable valor estético o filosófico, pero de escaso valor narrativo. A este grupo pertenecerían Quevedo, Gracián, Rabelais, Valle Inclán, Francisco Umbral...

En segundo lugar encontramos a los autores que se meten en la psique de los personajes satíricos y tienden a humanizarlos, primando la narración frente a lo estético o filosófico. Tales son los casos, por ejemplo, del autor del Lazarillo, de Cervantes, de Fielding, de Twain, de Eduardo Mendoza...

Después de leer Restos humanos no me cabe duda de que Jordi Soler pertenece a la segunda tradición –mi preferida, debo aclarar–. El autor mejicano asume en esta novela el difícil reto de crear con el Santo a una especie de Don Quijote, porque al igual que el hidalgo manchego salía al campo a deshacer entuertos o socorrer doncellas, nuestro santo varón sale a la calle para rehabilitar prostitutas o promover la caridad entre los tenderos. Y del mismo modo que las caballerías de Don Quijote acaban en varapalos, las predicaciones del Santo terminan al grito pelado de: ¡Farsante!, ¡mariquita!, cuando no lo hacen con mangos maduros arrojados a sus barbas o criadillas de pollo sobre la túnica inmaculada.

La tesis que tú defiendes es la que defendió Tono Masoliver Rodenas en La Vanguardia –afirma Soler–, sin embargo yo no pensé deliberadamente en Cervantes mientras escribía, simplemente supongo que forma parte de nuestra cultura, que siempre está en nuestra mente… 

Otro gran acierto  de la novela es el de interponer entre el lector y el Santo la figura de un periodista-narrador con el encargo inicial de redactar un reportaje sobre el Santo, que más tarde se convertirá, por extensión, en la novela. En un brillante juego metaficcional, el periodista plantea al lector el proceso de construcción de una novela. Al principio va acumulando documentación: ve Simón del Desierto, de Luis Buñuel; Nostalgia, de Andrei Tarkovski; lee a un autor checo; repasa el esperpento de Valle. Y conforme escribe duda: ¿debe alargar su relato y ahondar en la figura del Santo?, ¿debe ceñirse a la realidad?, ¿debe terminar escribiendo una novela?  

Quizá el mayor logro del libro sea la caracterización del Santo. Como buen personaje satírico, se ve enfrentado a un mundo corrupto que supone la antítesis de sus ideas: ¿qué debe hacer?, ¿dejarse llevar por el mal, renunciar a su santidad? La narración va fluyendo, avanzando nuevas sorpresas a cada capítulo en una suerte de descenso a los infiernos. ¿Alcanzará el Santo la redención final...? Lean, por favor, esta novela. 

Son las nueve de la noche pasadas y continúo conversando con Jordi Soler… Los novelistas, en el fondo, somos como el Santo –sentencia el veracruzano–. Hacemos el gran esfuerzo de escribir novelas para plasmar un cierto conocimiento y, una vez escritas, apenas obtenemos beneficio por ello. Y tan amigablemente hablamos que mi colega Rafa Arnal –de la organización de la Feria– debe avisarnos de la salida del AVE de Jordi, que partirá en 25 minutos desde la estación Delicias con dirección a Barcelona. 

Y sucede en cuestión de segundos, como en las prédicas del Santo: la presentación se desmorona, todo se desmantela, salimos del edificio de Capitanía por distintas puertas, hacia el anochecer zaragozano. Y yo sigo pensando en las palabras de Jordi: ¿me pareceré también al Santo por escribir este blog?

martes, 28 de mayo de 2013

Funambulistas de la vida

(Sobre Hijos y padres, de Félix Teira, presentada en Los Portadores de Sueños junto con Abrir la puerta, de Ramón Acín, el 16 de mayo. Ambos autores dialogan acerca de sus obras)




Nada más leer el título del último libro de Félix Teira, me vinieron a la memoria los de dos clásicos de la literatura universal: la novela Padres e hijos, de Turgueniev y el cuento Padres e hijos, de Hemingway. Teira ha invertido el orden de los anteriores y titula su novela: Hijos y padres. En principio esta inversión parece coherente con el hecho de que sean los hijos quienes narran sus vidas en primera persona y quienes relaten, en tercera persona, las de sus padres.  

Pero el predominio de los jóvenes sobre los adultos en Hijos y padres va mucho más allá del título o del punto de vista: es más bien el pálido reflejo de una realidad que, no por poco conocida, deja de resultar esclarecedora cuando quien la describe sabe, no sólo enunciarla, sino mostrarla, como es el caso de Félix Teira.

Hijos y padres es una novela coral en la que cinco adolescentes zaragozanos del barrio de Las Fuentes narran su vida en el instituto, las relaciones con compañeros y padres. Como adivinará el lector de esta entrada, algunos de los temas de la novela son el despertar sexual, el alcohol, las drogas, la crisis de valores… Pero Félix Teira ha tratado de huir de los estereotipos dotando a casi todos sus personajes de alguna peculiaridad ajena a los temas citados: uno anhela ser fotógrafo, otra desea escribir poesía, otro dedicarse al fútbol…

De lo anterior se sigue que no carga el autor contra la jóvenes como tales, sino contra la crisis de valores que anida en ellos. Hijo, Gem, la Sucia, el Roda y la Vero –los cinco protagonistas antes aludidos– tienen en común un cierto narcisismo, que los hace creerse autosuficientes y desdeñar la autoridad paterna, cuando en realidad son meros funámbulos (o funambulistas, al decir de la editorial) que pisan por vez primera la cuerda floja de la vida. Sus padres también fueron funambulistas, pero en medio de la cuerda cayeron sobre la red y ahora los miran desde abajo, incapaces de aconsejarles.

En efecto, a menudo nos encontramos en la novela con padres en el paro, víctimas de la crisis económica. Pero también con padres adúlteros, con padres que se dan al alcohol, con padres que no respetan a sus propios mayores… ¿Cómo quieren influir positivamente en sus hijos?

Con frecuencia da la impresión de que Hijos y padres sea, no sólo una novela coral, sino también una novela circular, en el sentido de que las peripecias de sus protagonistas parecen no tener un principio ni un final, sino girar sobre sí mismas y llevarnos hasta el punto de partida, tanto ético como narrativo. Y al final el autor nos deja con la duda: ¿sabrán los protagonistas encauzar  su talento para la fotografía, para el fútbol, para la informática… en medio del marasmo moral?

Desde el punto de vista lingüístico, al igual que con la trama, Félix Teira ha querido resultar original, cambiando de registro conforme cambia el narrador, en cada una de las partes de la novela. En alguna, en particular en la primera, What a wonderful world, utiliza un lenguaje sincopado, repleto de frases cortas, un lenguaje metafórico que dificulta la lectura; aunque pronto entiende el lector que sirve al propósito de relatar la disfuncionalidad de la familia de Alfonso Arregui. Conforme avanzan las partes, el lenguaje parece ir simplificándose, hasta alcanzar el tono y la sintaxis romántica de la última parte, donde la narradora es Vero y el medio narrativo el diario. En esta parte las frases del autor parecen alargarse.

En definitiva, Félix Teira ha tratado –y en mi opinión ha logrado– escapar de los estereotipos propios de las novelas de adolescentes. Y aunque no esté bien juzgar parcialmente una obra compuesta de partes, debo reconocer que coincido con la opinión de Ramón Acín al respecto. Lo mejor de esta buena novela es su segunda parte: Gemelo, una pequeña obra maestra narrativa de la que no pienso desvelar ni un solo detalle, para que tú, lector o lectora, los descubras por tu cuenta.

viernes, 24 de mayo de 2013

Tempus Fugit

(Sobre Las lágrimas de San Lorenzo, de Julio Llamazares, presentada por Ramón Acín en la librería Los Portadores de Sueños el 26 de abril)



Las lágrimas de San Lorenzo es una novela sobre los recuerdos y sobre el paso del tiempo. Bajo esta premisa, uno de los aciertos de Julio Llamazares ha consistido en elegir para su protagonista la profesión de lector de español en universidades extranjeras, porque el carácter errante de este personaje central, que va cerrando etapas vitales sin solución de continuidad, refuerza la idea de transcurso del tiempo.  Claro que para tal finalidad, Llamazares también podría haber elegido a un corresponsal, o al ejecutivo de una multinacional, incluso a un diplomático... ¿Por qué eligió al lector de español?

Es el mismo autor quien nos lo desvela en Los Portadores de Sueños. Al parecer, de joven él estuvo a punto de conseguir una de esas plazas de lector, posibilidad que finalmente se frustró. Sin embargo, siempre ha imaginado qué hubiera sido de su vida en caso de haberla conseguido. Muchas veces las novelas nacen de este tipo de preguntas: ¿Qué hubiera pasado sí…?, ¿cómo hubiera sido mi vida en caso de…?

Pero cuando Ramón Acín o alguien del público tienden a comparar al protagonista con el autor, o al hijo de aquél con el de Llamazares, el novelista es rotundo: el protagonista o su hijo son personajes de ficción, que nadie se confunda, y a continuación esboza una sonrisa de "deicida".

En cualquier caso, lo importante para el tema de la novela es ese carácter errante del lector de español, que parece dividir su vida en capítulos: la infancia y la juventud entre Bilbao e Ibiza; la madurez entre Rumanía, Francia, Suecia, Portugal… Cada uno de esos capítulos vitales se convierte en un compartimente estanco que una vez cerrado pertenece al recuerdo y tiende a acentuar la sensación de fugacidad del tiempo, así como la pérdida de los lugares o de los seres queridos que lo habitaron.

Como eje argumental, la novela narra la noche de San Lorenzo ibicenca en que el protagonista y su hijo Pedro salen a contemplar la lluvia de estrellas; al igual que hiciera aquél con su propio padre. Es importante resaltar que ese hijo es casi fruto del azar, bien podría no existir. Con la madre, llamada Marie, el protagonista mantuvo una relación de tres años, de la cual sólo el niños se libra de convertirse en un mero recuerdo.

Julio Llamazares perfila muy bien en Las lágrimas de San Lorenzo la disyuntiva entre “recuerdos” y “tiempo”. Para el autor, los recuerdos equivalen a la memoria, a esos instantes de la vida grabados en la mente de cada uno y que se extinguirán con nosotros. Frente al carácter finito de los recuerdos, el tiempo representa lo infinito, las vidas que se van sucediendo más allá de nuestra memoria: Cual la generación de las hojas, así la de los hombres, según rezan los versos de Homero citados por Llamazares. O también los versos de Catulo: Los soles pueden ponerse y salir de nuevo. / Pero para nosotros, cuando esta breve luz se ponga, / no habrá más que una noche eterna / que debe ser dormida… Con la pregunta que cierra la novela, el autor parece enunciar una suerte de espiritualidad laica: ¿Será Dios el tiempo?, se cuestiona.

Al término de la presentación la gente agolpada en la librería y en la minúscula acera de la calle Blancas, se arremolina en torno al autor. Muchos llevamos en las manos, no sólo Las lágrimas de San Lorenzo, sino también algún que otro ejemplar amarillento de sus anteriores novelas. No en vano, el autor es muy querido en Aragón desde que escribiera La lluvia amarilla ambientada en un pueblo desaparecido de Huesca. Pero no es este el único motivo, a mi juicio, de la popularidad de Llamazares. Otro quizá sea el lenguaje empleado en sus novelas, un lenguaje cuidado al extremo pero sencillo al mismo tiempo, ideado para ser entendido casi por cualquier lector

Yo he traído una Lluvia amarilla de los ochenta y, de pronto, oigo a una señora detrás de mí quejarse al marido: ¡Hay que ver, vienen de casa con toda la estantería! La señora es bajita, viste abrigo de paño y aferra con ambas manos un bolsito sin asas Cuando el autor finalmente me dedica sus libros, compruebo con estupor como la señora airada se torna en señora sonriente y saca del bolso una Luna de lobos amarillenta…

¿Por qué he titulado este artículo, Tempus Fugit? La novela de Llamazares me ha recordado a mis abuelos. Al igual que muchos otros abuelos, supongo, ellos tenían un reloj de pared de la marca Tempus Fugit, la cual aparecía grabada sobre una chapa metálica. Durante mi adolescencia, el tic tac de aquel reloj me resultaba tan solemne como molesto. No había ni una sola habitación de la casa en la que no se escuchara. Había estado allí, en medio del comedor, desde que yo era niño. Hace ya siete años que mis abuelos fallecieron, pero el molesto, el solemne tic tac sigue sonando. 






jueves, 23 de mayo de 2013

Vida de Pablo

(Sobre La hora violeta, de Sergio del Molino, debatida en la FNAC plaza de España el 25 de abril. Iguazel Elhombre actuando como moderadora)



Recién salido, como quien dice, de la presentación de Intemperie,  veintitrés horas y media más tarde, me incorporo al coloquio que se celebra en la FNAC sobre La hora violeta, de Sergio del Molino. He terminado de leer la novela esta misma mañana y adelanto mis conclusiones: considero que Sergio del Molino ha conseguido un libro intenso, genuinamente literario.

A priori, cuando supe del tema: la enfermedad y la desaparición de su hijo de tan sólo dos años víctima de leucemia, me pareció que la mayor dificultad de la novela estribaba en que la faceta literaria no quedara soslayada por el dramatismo del tema, y por la relación íntima del autor con el drama vivido, lo cual hubiera convertido el libro en testimonio, o en manual de ayuda para padres en un trance similar.

Pues bien, como afirmo al principio, creo que Del Molino ha salido airoso de esta dificultad y el valor novelesco de La hora violeta queda fuera de duda. ¿Cómo lo ha logrado? A mi juicio –y al suyo propio–, adoptando la conveniente distancia respecto de los hechos narrados. Tal como advierte Iguazel Elhombre, el autor apenas inserta en la novela relaciones personales en forma de diálogos con familiares, amigos, personal hospitalario, padres de otros niños enfermos… En cambio sí incluye todo tipo de reflexiones literarias, relatos conexos, anécdotas reveladoras... Todo ello se entrevera con los penosos tratamientos que sufre Pablo, y tiende a equilibrar el patetismo de la enfermedad con la pasión literaria y la voluntad de novelar.

La prosa es de gran calidad literaria. Alterna periodos cortos y largos, varía la sintaxis de las frases evitando la monotonía, domina el ritmo y es capaz de transmitir una amplia gama de sensaciones. Y eso, lo repito, es “literatura” y no sólo testimonio o duelo.

De pronto, hacia el final del coloquio, interviene una señora y pregunta algo que tal vez muchos lectores del libro quieran saber y no se atrevan a preguntar. Siempre suele haber alguien que pone el dedo en la llaga. La lectora quiere saber por qué Del Molino ha omitido los últimos días de Pablo, esos que comienzan cuando los médicos les dicen a él y a su mujer: "Miren, no podemos hacer nada más, disfruten de su hijo cuanto les sea posible".

Debo confesar que a mí me ocurrió como a la señora entrometida. Al llegar a la última parte de la novela, aquella que se titula precisamente La hora violeta, me pregunté por qué el autor dejaba de narrar los últimos días y se centraba en comentar Mortal y rosa de Umbral; o se explayaba sobre un pediatra norteamericano; o cambiaba las bombillas fundidas de su casa… El título de la novela alude a una bella cita de T.S. Elliot: En la hora violeta, (…) cuando el motor humano espera como un taxi parado en marcha. Y la hora violeta de Sergio del Molino son justo esos últimos días de espera…

Responde el novelista que no los relató por pudor, tras asesorarse convenientemente. Contar
los últimos días de Pablo hubiera resultado casi pornográfico, afirma. Y ni Iguazel ni ninguno de los presentes respondemos nada. Yo debo confesar mis dudas en el plano literario, no sé si coincido con la visión del autor. ¿Cuáles son los límites entre literatura y vida cuando uno ha optado precisamente por contar su propia vida? ¿Qué hubiera sido del relato si su autor no hubiera omitido semejantes detalles?

Baste decir que Del Molino ha conseguido su objetivo: inmortalizar a Pablo por medio de la literatura. Por eso he querido titular este artículo como lo he hecho, con la palabra “vida” y no con todo lo contrario.  Y al terminar de redactarlo, no puedo evitar sobrecogerme leyendo la dedicatoria que me escribió el autor: Para Ricardo, con el deseo de que nunca nunca se acerque a una hora violeta que no sea la de estas páginas…

Madre Tierra

(Sobre Intemperie, de Jesús Carrasco, presentada por Jorge Sanz Baraja en la librería Cálamo el 24 de abril)


Jesús Carrasco tiene el cuerpo enjuto de un galgo. Su mostacho negro semeja el pelaje de una cabra y su tez, entre cetrina y ocre, recuerda los paisajes de la Meseta. Al observarlo de perfil advierto que su cabeza rasurada se parece demasiado a un cráneo, a una de esas calaveras que aparecen en las encrucijadas de los comics de Lucky Luke.

Jesús, tú novela me ha parecido un western… Jorge Sanz Barajas –presentador del evento– es un hombre curtido, no sólo por su piel atezada sino porque imparte clases de literatura a los adolescentes del colegio de los jesuitas. Jorge nos cuenta que leer Intemperie le llevó unas ocho sentadas, y en modo alguno porque no le resultara una lectura absorbente, sino más bien porque la intensidad de la prosa parecía pedir oxígeno.

Carrasco admite que, una vez escrita la novela, la sometió a un tratamiento "abrasivo", eliminando del manuscrito un montón de páginas para que quedara sólo lo esencial. Y yo coincido con ambos, Intemperie es como un chorizo o una morcilla de las que aparecen sus páginas: una novela seca, dura e intensa, que al igual que las chacinas aludidas, debe degustarse en pequeñas dosis para asegurar una digestión provechosa.

Hasta tal punto esto es cierto que, a quien escribe, disfrutar por completo la obra le ha llevado una relectura. Cuando me adentré por primera vez en las páginas de la novela fui víctima de una confusión. Había leído en prensa su escueto argumento: un niño que bajo la tutela de un cabrero huye de un alguacil que lo persigue por la estepa castellana, con el hambre, la sed y el agotamiento como compañeros de viaje. No sabía nada más y, al instante, imaginé una novela de persecuciones y tiroteos, a la española y en plan rural… Nada más lejos de la realidad.

A la mayoría de la gente le gusta que las novelas tengan una trama… Por eso yo he dotado a la mía de una –afirma Carrasco como si nada. Y con el dedo índice traza una gráfica en el aire. Según él, Intemperie se inicia con un largo valle. Más tarde hay un pico, al que sucede otro valle más corto, para concluir con una extensa cordillera o clímax al final.

Huelga decir que lo anterior no es lo habitual, y que cuando el ingenuo lector transita inerme a través de las páginas de la novela, se pregunta dónde están el planteamiento, el nudo, el desenlace… Lo convencional en las novelas es que el primero y el tercero sean breves y el segundo más extenso. Pues bien, Carrasco actúa justo a la inversa: un planteamiento y un desenlace inusualmente largos, un nudo inusualmente corto… A menudo se demora en describir acciones sin importancia aparente, o transmite en una sola frase la información más esencial.




Un personaje de Cormac Mc Carthy puede pasarse dos o tres páginas descendiendo del caballo –afirma el autor con admiración inconsciente–. Yo le acabo de sugerir que la novela me recuerda al Pascual Duarte de Cela y él me mira con disgusto. Sólo por pertenecer a la cultura española, quizá… Pero yo me identifico mucho más con el realismo sucio norteamericano y, en particular, con el Mc Carthy de Meridiano de sangre –me responde.

Tampoco puede afirmarse que Intemperie sea una novela de sentimientos. El niño y el cabrero distan mucho de la expresividad de los más célebres prófugos de la historia de la novela: Huck Finn y el negro Jim. Ellos apenas hablan, carecen casi por completo de sentido del humor… Se limitan a sobrevivir del modo más estoico posible.

Y llegado este punto, me cuestiono: si la trama es secundaria, si los sentimientos de los personajes también lo son, ¿de qué trata en realidad Intemperie?, ¿por qué nos perturba tanto al leerla? En palabras de Kafka, ¿qué logra sacudir esa mar helada que todos llevamos dentro?

Como ya intuía, y le transmití a Jesús Carrasco en Cálamo: Intemperie me ha parecido una novela telúrica, una novela sobre la Tierra. Esa tierra sin nombre, sin tiempo, que se enseñorea de las vidas de los hombres, de los animales y de las plantas, y que los determina por completo. Todo cuanto les acontece es consecuencia del trato que reciben de la Tierra: consecuencia de la sequedad, del sol, del vacío, del desierto infinito que deben recorrer. Hoy en día vivimos al abrigo de la Tierra: al abrigo del calor o del frío, al abrigo del hambre y de la sed, al abrigo de las largas distancias. ¿Qué ocurriría si todas estas seguridades se desmoronaran de repente? Esa es la pregunta con la que Intemperie abofetea la cara del lector.

Puede que el medio rural resulte anacrónico, y hasta arcaico para la civilización urbana, pero no se nos debe escapar que, al cabo, ese medio rural actúa como una metáfora de toda experiencia vital, ya sea campestre o urbanita.

En esta ocasión el autor parece satisfecho con mi comentario. Sonríe involuntariamente y afirma que la tierra puede ser muy cabrona, pero al final suele responder, suele dar a cada uno lo que merece. Siempre hay, siquiera, un hilillo de agua para el sediento. Termina desvelándonos que su próxima novela también tratará sobre la tierra, aunque vista de un modo distinto... quizá...

Y yo trato de buscar un sinónimo de intemperie para titular este artículo-ensayo-crítica-entrevista:: “al raso”, “al descubierto”, “a cielo descubierto…” Y al fin desisto, no puedo encontrar ninguno mejor, ni más telúrico que el propio título de la novela.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Un encuentro en el Día del Libro


(Sobre Polvo en el neón, de Carlos Castán. Una charla con el autor, el 23 de abril, en el stand de Tropo Editores)



Veintitrés de abril, Día del Libro. Son las seis de la tarde y hace calor en el paseo de la Independencia. Empujando la sillita de mi hija Marina, sorteando el gentío, llegó a un stand y comienzo a hojear una novela. Pero Marina, aburrida, trata de comerse un libro y el librero me lanza una mirada adusta. Así que me cambio al stand de al lado y trato de hojear otra novedad. Pero Marina le toca el culo a una señora y la señora me mira como si el caradura fuera yo. La nena posa sus manitas sobre la barra de la silla de paseo y contempla el mundo con una sonrisa, satisfecha de sus fechorías.

Por razones obvias decido dejar de hojear novelas y me detengo frente al stand de Tropo Editores –mi preferida entre las editoriales zaragozanas–, en cuyo catálogo figuran obras de Sara Mesa, de Sergio del Molino, de Cristina Grande… Precisamente tengo la suerte de encontrar allí a Carlos Castán firmando ejemplares de su última obra: Polvo en el neón, magníficamente editada por Tropo con fotos de Dominique Leyva. 

Le cuento a Carlos que tengo un ejemplar de Frío de vivir de los editados por Salamandra en 1997. A finales de los noventa Frío de vivir se convirtió en un libro de culto para los amantes del relato corto. Por aquel entonces, a quienes se apuntaban a talleres literarios solían recomendarles la lectura de los cuentos de Carlos Castán, junto a los de Eloy Tizón o los de Medardo Fraile.

Polvo en el neón se abre con una cita de Sam Shepard. La cita pertenece a Cronicas de motel, un libro mítico de mi adolescencia editado por Anagrama. Llegue a él a través de la también mítica road movie de Win Wenders, París, Texas, cuyo guión era del norteamericano. Al abril Polvo en el neón compruebo con placer que las imágenes reproducen la estética de Paris, Texas. Crónicas del motel también contenía algunas fotos, aunque en blanco y negro y mucho menos numerosas. Polvo en el neón es una suerte de “novela en imágenes”.

A continuación le pido a Carlos que me recomiende alguno de los cuentos de Frío de vivir y él se decide por el primero: El andén de nieve, un relato que leo a la mañana siguiente y cuyo final me resulta impactante. En la estación de trenes de Chamartín, el narrador anónimo del cuento conoce a un estrafalario borrachín apodado Macario el Ferroviario. Macario le cuenta una historia que ocurrió en su juventud, cuando viajaba a Madrid en tren para recoger allí a su familia e ir todos juntos a la playa. Por las ventanillas de su izquierda Macario ve, en efecto, la estación de Chamartín en pleno mes de julio. Ve a su esposa de los nervios, a sus hijos portándose fatal… Sin embargo, por las ventanillas de la derecha divisa un paisaje de bosques nevados, cordilleras, y en el andén una bella mujer esperándole. Tras dudarlo, el hombre decide bajarse en Chamartín y los bosques nevados y la bella mujer desaparecen como si fueran un sueño.

Quinn, el protagonista de Polvo en el neón, vive una escena muy similar a la descrita. pero en sentido inverso: tendido en el coche donde yace con su amante –la provocativa Jessica–, contempla el bloque de apartamentos donde vive Sally –su mujer–, quien se encontraría durmiendo (…) con el pijama verde de felpa (…), quizá con la lámpara encendida tras haber intentado esperarle despierta leyendo un libro. 

Concluyo que en el eterno conflicto entre la realidad y el deseo, Macario el Ferroviario se decanta por la realidad, mientras Quinn lo hace por el deseo. Polvo en el neón narra el viaje que emprende Quinn junto a Jessica –la joven con las uñas pintadas de rojo– desde Illinois hasta Arizona para aceptar la herencia de su tía Hanna, consistente en un viejo motel de carretera y una suma de dinero. Y es justamente esa herencia el principal deseo de Quinn, no tanto por el aspecto económico como por la posibilidad de una nueva vida.   

¿La consecución de los deseos lleva a la felicidad, o los deseos son meros espejismo de esa felicidad? Esa es la pregunta que parece gravitar a lo largo de toda la novela, y la respuesta gira en torno a la idea del viaje. Irse era para Quinn el pánico y al mismo tiempo el nombre de la felicidad, afirma el narrador en el primer capítulo, porque la huida de lo cotidiano es justamente lo que persigue Quinn.

Castán emplea la prosa pausada de las novelas, pero por la concisión  de determinadas frases recuerda a menudo el lenguaje preciso y lacónico de los cuentos. El autor, de pronto, nos sorprende condensando en una sola frase el mensaje de todo un capítulo, y hasta del conjunto de la novela.

Otro aspecto a destacar de esta novela es su relación con la cultura estadounidense. Ya he hablado de Sam Shepard, de Win Wenders, de las fotos de Dominique Leyva. Y cabría preguntar a Carlos Castán si con el nombre de Quinn ha querido homenajear al detective en Ciudad de cristal, de Paul Auster. En el panorama aragonés, esta utilización de referentes norteamericanos me recuerda a la que en su día hizo Soledad Puértolas en El bandido doblemente armado

No pretendo descubrir nada a nadie con todo este cúmulo de asociaciones. De hecho, la utilización de referentes metaliterarios o metacinematográficos es una constante en la literatura actual, en particular los que provienen de la cultura norteamericana. Lo importante es que el autor que utiliza esos referentes logre plasmar en ellos su mundo personal. Y en mi opinión, con esta novela Carlos Castán lo consigue de sobras. Al igual que El Andén de nieve, Polvo en el neón versa sobre la realidad y el deseo y logra ahondar en la naturaleza de ambos.

Terminamos hablando de Marta Sanz. Carlos es amigo de ella y me cuenta que acaba de publicarse su nueva novela, Daniela Astor y la caja negra. Pero yo decido hojearla otro día, no vaya a ser que Marina sustraiga un monedero y la víctima me impute a mí el hurto. Así que me despido del autor y me marcho a casa.

lunes, 20 de mayo de 2013

Diario de un rebelde


(Sobre Calle de los ladrones, de Mathias Énard, presentada por Sergio del Molino y Ricardo Lladosa en la librería Cálamo el 16 de abril)


Queridos lectores:

Empezaré contando una anécdota. Cuando mi padre era adolescente, hacia finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, tuvo como profesor de filosofía a un jesuita delgado, con el pelo pincho y gafas de montura negra. Era diabético y siempre vestía traje marengo y alzacuello blanco. Un buen día el jesuita miró a la clase y pregunto: ¿Qué es el hombre para el existencialismo? –eran los tiempos de Jean Paul Sartre y de Albert Camus–. Ante el silencio del alumnado el profesor rompió a hablar: Para el existencialismo el hombre es como un perro, un perro al cual su dueño mete en una maleta y sube a un transatlántico. El hombre espera a que el barco navegue por alta mar y, una vez allí, lanza la maleta por la borda.

De niño pensaba en esta anécdota y sufría por el perro. Imaginaba al animal en la oscuridad, sin comprender nada mientras la maleta se bamboleaba entre las olas, sintiendo como el agua iba colándose entre las rendijas y terminaba por ahogarlo.

Al leer Calle de los ladrones, de Mathias Énard, he recordado esta historia infantil por varios motivos. El primero y más importante es que la angustia del perro de mi relato es la de Lajdar, el protagonista de la novela. Lajdar es un joven marroquí de clase media, hijo de un comerciante tangerino, que un buen día huye de casa después de una brutal paliza de su padre. Éste lo ha sorprendido manteniendo relaciones sexuales con Meryem, una prima suya que habita en el hogar familiar. Magullado, ensangrentado, Lajdar se ve obligado a vivir en las calles de Tánger, sintiendo la angustia de abandonar a su familia, pero emancipado de la autoridad paterna.

En una entrevista publicada por el blog de Mondadori, Mathias Énard afirma que con Calle de los ladrones ha querido homenajear El hombre rebelde, de Albert Camus titulada . Y la comparación no puede parecerme más oportuna ya que Lajdar, al marcharse, actúa movido por la humillación, pero también, y sobre todo, actúa movido por la rebeldía contra la intolerancia de su padre. ¿Qué es un hombre rebelde? –se pregunta Camus–. El hombre rebelde es aquel que dice no (…) ¿Y cuál es el contenido de ese “no”? Significa, por ejemplo, “las cosas han durado demasiado”, “hasta ahora sí; en adelante, no (…) Y ese “no” afirma la existencia de una frontera.

Afortunadamente para Lajdar, su amigo Basam pronto le conseguirá un trabajo como librero del Grupo para la Difusión del Pensamiento Coránico, organización fundamentalista que durante un tiempo le permitirá vivir en relativa paz, dedicado a aquello que más le gusta: leer novelas de detectives, leer poesía árabe, leer las suras del Corán… ¡Leer!, en una palabra. Durante meses de relativa calma, Lajdar conocerá por segunda vez el amor, a través de su relación con Judit, una chica de Barcelona estudiante de filología árabe, a quien encuentra por las calles de Tánger.

Pero sabido es que en literatura toda felicidad es ilusoria o pasajera, y basta que Judit vuelva a Barcelona y que Lajdar pierda su trabajo de librero para que se vea de nuevo angustiado por su propia libertad. Calle de los ladrones vuelve en este punto a emparentar con el existencialismo, porque tanto la libertad como la angustia son dos conceptos centrales de dicha escuela. Afirma Camus en El mito de Sísifo que los hombres, estamos condenados a la libertad de construirnos a nosotros mismos a cada instante. Y la angustia nace precisamente del ejercicio de esa libertad, que convierte la vida en un horizonte cuajado de posibilidades, al cual el hombre debe enfrentarse sin la menor garantía de éxito.

Lajdar es libre, puede hace lo que desee y no está obligado a nada; pero se encuentra alejado de su familia, alejado de su amante, sobreviviendo a base de trabajo precarios y sin recursos económicos. ¿Puede alguien ser feliz en sus circunstancias? Como para Sísifo, la vida para él es una condena, y lo es fruto de su rebeldía. Si no se hubiera revelado contra su padre, si se hubiera reconciliado con él, llevaría una vida cómoda de comerciante en Tánger. En este sentido, Mathias Énard crea un personaje original, alejado del estereotipo del emigrante ilegal, cuyos males solemos achacar solamente a la pobreza. 

Y conforme se acerca el final, el sorpresivo y magnífico final que acontece en la calle Robadors de Barcelona, la “calle de los Ladrones” del título, me doy cuenta de hasta qué punto la novela obedece a una coherencia interna con esa idea de la rebeldía. Si al comienzo del libro Lajdar se enfrentaba con la intransigencia de su padre, al final se enfrentará a la intransigencia de los fundamentalistas islámicos y acabará convertido en un personaje de Dostoievski: un Raspolnikov, un Ivan Karamazov.

Calle de los ladrones es una novela de muchos géneros, pero si hubiera que elegir uno se diría que se trata de una novela de formación o aprendizaje. Su protagonista recorre, no sólo un itinerario físico -de Tánger a Barcelona- sino sobre todo un itinerario moral. Y en ese itinerario la novela de formación adquiere tintes de novela negra, de novela de aventuras, de novela de viajes e, incluso, de realismo social. En cualquiera de los casos, se trata de una lectura amena para todo tipo de lectores. 

Y me gustaría concluir mis palabras tal y como las empecé: comparando al hombre con el perro, que es justo lo que hace Mathias Enard al comienzo de la novela. Lajdar, en su rebeldía contra la intransigencia, se convierte en un humanista que defiende a las personas frente a la intolerancia. Pero esa defensa, como vengo afirmando, no está exenta de costes, ya que el rebelde también tiene sentimientos, e incluso instintos. Y es justo eso lo que lo lleva a Lajdar a afirmar:  Los hombres son perros, se atacan los unos a los otros en la miseria, se revuelcan en la mugre sin poder escapar, se lamen el pelo y se lamen el sexo durante todo el día, tendidos en el polvo, dispuestos a todo por unos despojos o el hueso podrido que puedan echarles, y yo, lo mismo que ellos, soy un ser humano (…) esclavo de sus instintos (…), un perro que muerde cuando tiene miedo y que busca las caricias (…)